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OLENTZERO TAFALLA (#3898). 11/12/2019

Olentzero de Tafalla: 50 años

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Hace ya medio siglo que el Olentzero llegó por vez primera a Tafalla,

, recuperando para la cultura vasca el solsticio de invierno y dándole un nuevo protagonista a la noche de Navidad. Alguien dirá que 50 años no otorgan el carnet de tradicional, pero la verdad es que toda tradición tiene un inicio. Por citar tan solo a otros famosos protagonistas, los Reyes Magos, estos vienen apareciendo ininterrumpidamente por las calles de la ciudad desde 1943, es decir, hace 76 años. Pocos años antes que el Olentzero, teniendo en cuenta que durante el franquismo era impensable una iniciativa así. Los Reyes tuvieron un antecedente en 1934, cuando los del Euzko Etxea tafallés se disfrazaron por primera vez de magos de Oriente, quizás porque todavía no conocían al famoso carbonero vasco. Los Reyes pueden presumir de tener 2000 años, desde la génesis del cristianismo, pero Olentzero argumentará que él ya celebraba los solsticios desde la gentilidad. Y los dos tienen razón.

La llegada del Olentzero en 1969 a Tafalla no fue por casualidad. Algo estaba ocurriendo en nuestra sociedad después de tres décadas de régimen franquista. La gente necesitaba respirar, experimentar, participar en algo más que en el Frente de Juventudes, la Sección Femenina del Movimiento o el Sindicato Vertical. El carlismo, que había aupado a Franco al poder, hacía mucho tiempo que estaba conspirando y fue coincidiendo con los nacionalistas vascos y con los republicanos criptos en iniciativas culturales y deportivas.

En 1960 había surgido la Peña Pelotazale; en 1964 Chiquilandia; en 1965 la Escuela de Jotas; en 1966 el grupo Dantzariak; en 1967 los Gaiteros; el 1969 la Gau Eskola, la sociedad de Montaña Alaitz, el Grupo de Teatro, grupos de rock... Existía ya el humus de activismo juvenil necesario y cierta apertura “democrática”, para que el sospechoso carbonero vasco se decidiera a bajar de sus montañas y venir a anunciar el solsticio para unos, la natividad para otros, rodeado de cánticos en euskera, txistus, acordeones, gaitas, kaikus, abarkas y txapelas, dando un aire mágico, trasgresor y vasco –valga la redundancia- a nuestras fiestas navideñas.

Matxalen Idoi, pionera

Pese al ambiente propicio, es necesario siempre que alguien detecte el cambio de los tiempos y dé el primer paso adelante, superando temores, inercias y desconocimientos. Y esa prócer fue Matxalen Idoy Segura, que empujó a la cuadrilla que íbamos con ella al monte o a la Gau Eskola y acabamos haciendo con ella el primer muñeco. Matxalen era una chavala excepcional, de gran vitalidad e inteligencia, nacida en la calle la Feria. Sus padres la llevaron a estudiar a Markina, a un colegio de monjas. Allí trabó amistad con otras muetas de zonas muy castigadas por el franquismo (Ondarroa, Bermeo, Gernika), muy euskaldunas y con ese genio peculiar de las mujeres del mar. De regreso a Tafalla, Matxalen rompió todos los esquemas tradicionales y tuvo una participación decisiva en el activismo tafallés, lo mismo para organizar reuniones clandestinas o repartir propaganda ilegal, como para montar festivales de canción protesta (Ez dok hamairu), excursiones montañeras, clases de euskera o la incipiente Ikastola. Y por supuesto, comenzando a hablar de feminismo. Matxalen era un terremoto de mujer; un cancionero andante; una pionera.

Miguel Zulet, el grande

En diciembre de 1966, el corresponsal Julián Condón Urroz se adelantó a sus deseos y anunció en la Gaceta del Norte la salida por primera vez del Olentzero en Tafalla. Al final hubo cambio de planes. Para todo el Estado se había organizado la campaña “Paz en la Tierra” y los grupos de txistus y danzas, Chiquilandia y Coral Tafallesa, recorrieron las calles anunciando la Navidad. Interpretaron constantemente el Mesias sarritan, que se hizo muy popular estos años. Era de ver al director de la Coral Tafallesa, José Menéndez, tocando el piano subido en un remolque de mano, que le llevaba a trompicones por las adoquinadas calles tafallesas. Fue el prólogo del Olentzero.

El carbonero sin embargo estuvo presente y ese año, y los siguientes, se colocó en el balcón de la calle Mayor, junto al bar Pasadizo, sede del grupo montañero Alaitz. Delante, se colocó un pequeño cartel que decía ZORIONAK. Con aquella simple y afable palabra se inició la recuperación del euskera en nuestro callejero urbano.

Por fin, el 24 de diciembre de 1969, salió el Olentzero a las calles por vez primera. Partió del colegio de los Escolapios –muy proclives a estas cosas- donde se daban las clases nocturnas de euskera y donde todos los sábados había una misa en vasco a la que íbamos hasta los que ya habíamos dejado de comulgar por Pascua Florida. Solo por cantar el “Gure Aita” valía la pena. El Olentzero era viviente, representado por Jesús Mari Zulet Iturain, un enorme mocetón valdorbés montado en una burra. Nadie como Zulet, el jauna de Bezkiz, para imitar la imagen del gentil basajaun.

Recuerdo que Matxalen, tal vez por reminiscencias de la costa vizcaína, le dio un abadejo entero para que lo llevara al hombro. Y Zulet anduvo todo el recorrido pegando con el abadejo el culo de la burra remolona, al mismo tiempo que lo iba desgajando para repartirlo entre los asistentes. Bien sazonado de carajones, pelos y sudor de burra, la gente se fue comiendo hasta las espinas del abadejo, como si no tuvieran la cena de nochebuena esperándoles en casa.

Bajo sospecha

Al año siguiente, fatídico diciembre de 1970, se hizo la figura del muñeco para llevarlo en andas, pero se estaba celebrando el Proceso de Burgos y había una gran tensión en la sociedad. Las penas de muerte anunciadas por el régimen franquista contra varios militantes de ETA sobrecogieron al mundo. Por orden gubernativa, se prohibió que saliera el Olentzero. En cuanto al muñeco colocado en el balcón del grupo de montaña, ordenaron que fuera retirado el cartel de “Zorionak”. Al final, negociación con el alcalde Manuel Navascués por medio, se permitió, pero colocando a su lado otro cartel con la traducción: “Felicidades”. Cosas del franquismo.

Al final, ante la protesta mundial, el régimen indultó a los condenados y entonces decidimos sacar la comitiva del Olentzero el día de Nochevieja. La gente estaba feliz. Creo que hasta el muñeco sonreía con más ganas. En Burgos, el franquismo había quedado herido de muerte.

Desde los inicios, el Olentzero había quedado marcado como sospechoso, por vasco, por gentil, por euskaldun, porque todos los que conspiraban contra el el régimen lo aclamaban. Siempre pionero, en 1976 salió portando la ikurriña, un año antes de su legalización.

El final ya lo conocemos. El Olentzero forma parte ya del imaginario cultural y festivo de dos o tres generaciones de tafalleses y tafallesas, que lo han compartido con los personajes de nuestra cultura judeocristiana. El personaje se ha ido extendiendo por toda nuestra comarca, aunque sigue habiendo algún sector reclacitrante en la Ribera que prefieren a Papá Noel o Santa Claus, ignorantes de que los tres tienen un pasado mitológico similar. Pero para algunos ya se sabe: antes el que viene del Polo Norte hablando inglés que el euskaldun de la montaña navarra.

11 December 2019

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