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Orokorrak

Escolania de San Antonio 1971 (#3655). 2015/10/27

ESCOLANIA DE SAN ANTONIO

OLENTZERO, final de los sesenta, principio de los setenta.

Recuerdo el Olentzero como un reflejo del momento: el franquismo se rompía por todas sus costuras, y cualquier actividad cultural, religiosa, ciudadana, era una ocasión para expresar lo que bullía por debajo.

Igualmente, levantando el manto religioso con que la Iglesia había cubierto los primordiales festejos del solsticio de invierno, aparecía con fuerza la reivindicación de lo popular: cuestación, música y coros, zanpantzar, vestimentas, disfrute de la vida, reto al poder político. Éste siempre molesto, siempre dispuesto a prohibir o entorpecer las genuinas manifestaciones populares. Como ahora mismo, según parece.

Uno de los componentes importantes del Olentzero fue la Escolanía de San Antonio, cuya dirección musical me correspondía por entonces. Su presencia se daba por supuesta, con sus blancas voces siempre dispuestas. Para esta ocasión se añadía un fogoso contingente de antiguos alumnos con sus respectivas, con lo que se conseguía un nutrido coro que, tras dos o tres ensayos, lograba un resultado apreciable. Guardo un delicioso recuerdo de aquellos momentos, por la enorme energía vital que lo impregnaba todo.

Compartí instantes inolvidables con aquellas voces infantiles que el P. Olazarán comparaba con “las cascadas del Pirineo”. Esa última remesa de la Escolanía viajó a Alemania en 1970, en un renqueante autobús de Matxiarena, de Elizondo, que casi terminó de quemarse al paso por el Tirol. Acudimos al Congreso Internacional de Pueri Cantores de Würtzburg, donde compartimos actuaciones con más de 160 coros de todo el mundo. Olazarán, cómo no, se postuló como “enviado especial de El Pensamiento Navarro” para cubrir el evento, ofreciendo sus crónicas puntualmente.

Emoción especial cuando improvisamos una pequeña actuación en Nôtre Dame de París, para disfrutar con “Virgen bendita”, de Escobar, bajo aquellos arcos perfectos del medievo. Y el apunte de Olazarán-periodista, en la catedral de Würtzburg, cuaderno en mano, mirando hacia la cúpula, entregado a la inmensidad de Bach en miles de voces acompañadas por el órgano: “ésto es lo más cercano al juicio final…”. Ofrecimos una bonita selección de canciones populares y danzas vascas en los jardines del Palacio Arzobispal, que fueran retransmitidas por la televisión bávara.

Al año siguiente, 1971, participamos en la XI Rassegna di Capelle Musicali en Loreto, Italia, de una mayor exigencia. Memorable actuación, pues al terminar resonó en el Teatro Communale un repetido “¡Vas-cos, li-ber-tad!... Y nos encontramos además con la grata sorpresa de ser uno de los doce conjuntos elegidos para el disco representativo del Congreso de Würtzburg. Hasta ese momento no habíamos tenido noticia de ello.

1971 supuso el principio del final para la Escolanía. La nueva Ley de Educación, que implantaba la EGB, no iba a permitir que en dos aulas se impartiera la enseñanza a seis o siete niveles diferentes. Dos aulas, dos cursos. A partir de ese momento era imposible mantener un trabajo continuado sobre las voces, como año tras año se había hecho anteriormente. Aún en el último momento grabamos un disco de canciones infantiles, y alguna otra colaboración, como en la Antología coral vasca, vol.IV, con canciones de Olazarán.

Y Olazarán era para el Olentzero uno de esos elementos casi tan imprescindibles como el carbonero. Cubría su hábito con rigurosa pelliza (“pellizman”, decía, remedando el traje-clergyman corriente en esos momentos entre el clero). Ni sus manos, ya inseguras, ni su fuelle, ya flojo, le permitían sostener las notas en el txistu, pero eso no le hacía desistir.

Acompañando al órgano Hammond, entre las excesivas reverberaciones de la iglesia de San Antonio, todavía regalaba unas digresiones inigualables, con una imaginación fácil, con una capacidad de improvisación que no he conocido igual.

Quedan para el recuerdo muchas imágenes que ninguna cámara captó: su respetuosa escucha del Himno de Navarra, txapela en mano, vuelto hacia la Diputación, cuando le sorprendía la hora en alguno de sus paseos por Carlos III; o la invitación a acudir a su habitación para degustar “un licor dulcísimo” (léase champán), que tenía a la fresca en la ventana de su cuarto, convenientemente retenido con un cordel para evitar sorpresas.

Falleció poco después, en 1973. Desde aquí, una vez más, el recuerdo más cariñoso.

Juan María Escala

asteartea, 2015(e)ko urriaren 27a

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